Hoy estoy melancólica, hemos celebrado la fiesta de fin de curso en la guarde (una broma porque hasta el 31 de julio no cerramos, pero siempre la hacemos por estas fechas para que los papis que se van de vacaciones en julio puedan estar presentes), y llega el momento de hacer balance del curso, de recordar que esos peques casi recién nacidos que un día quedaban en nuestras manos ya van a despegar hacia otro destino…Ellos están entusiasmados, pero a nosotras nos da mucha pena pues aunque vengan a visitarnos de vez en cuando ya nunca será lo mismo, se van al cole de mayores.

Me doy cuenta también de que mi hijo, ese que hace nada estaba en mi tripa se queda en la clase de los mayores de la guarde, de que ya no lleva pañal, de que se entera de todo, de que no calla un segundo, de que ya tiene su propia personalidad, de que sabe lo que quiere, de que se ha hecho mayor casi sin darme cuenta, porque por mucho que intentemos aprovechar cada segundo que pasamos con ellos crecen mucho más deprisa de lo que podemos asimilar.

Llevo 10 años trabajando en escuelas infantiles, más de 3 en esta última, con unas compañeras que hacen que ir a trabajar sea una alegría, que te permiten contarles cualquier problema y que te sacan una sonrisa nada más entrar por la puerta. Y la verdad que la decisión de trabajar con niños ha sido una de las mejores que he tomado en mi vida. No voy a mentir, no es fácil, pues hay días en los que estás cansada, en los que ellos están nerviosos, en los que no hacen más que discutir o pegarse, en los que te enfadas con ellos o incluso hay días en los que se te escapa algún grito o alguna palabra más alta que la otra (y luego te sientes eternamente mal por ello), y aún así ellos siguen ahí a tu lado, dispuestos a darte un abrazo, un beso, a sonreirte, a abrazarte cuando te ven llegar, a transmitirte esa alegría y esa ilusión que los adultos perdemos y que volvemos a recuperar en el momento que tenemos un niño a nuestro lado.

Tengo claro que el día en el que mi trabajo deje de gustarme, el día en el que sean más los gritos que las sonrisas o las palabras de cariño, dejaré de hacerlo, porque los niños no se merecen alguien a su cargo que les trate mal.

Creo que nuestra profesión está infravalorada, pues parece que la educación no existe hasta pasados mínimo los 3 años, pero os aseguro que en las escuelas infantiles hacemos un gran trabajo y tenemos una gran responsabilidad que desde luego no se paga con dinero (en cambio si se paga con dinero, y mucho, a personas cuya única responsabilidad, por ejemplo, es echarse una siestecita en un sillón del Congreso). Los tres primeros años de vida son importantísimos en la vida de los niños, y todas las experiencias que vivan ahora les marcarán para su vida adulta.

Yo prometo seguir intentando aportarles lo mejor posible, y seguir sintiéndome mal cada vez que se me escape un grito o que me enfade, seguir respetando a las familias y seguir agradeciéndoles que me dejen formar una pequeña parte de la vida de sus hijos.

Hoy mi post va por todos ellos…¡¡por esos locos bajitos!!

 

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