Hay veces  en las que, como adultos, hacemos las cosas mucho más complicadas de lo que parecen, cuando en realidad son muy simples; en la crianza y educación de nuestros hijos esto ocurre muy a menudo y en este post os voy a desvelar una palabra que va a solucionar muchas de vuestras dudas e inquietudes como padres. Si os apetece conocerla sólo tenéis que seguir leyendo.

Hoy en día están cambiando muchas cosas respecto a la crianza de nuestros hijos, están apareciendo nuevos modos de educación y estilos de educación en casa. Se están comenzando además, a tener mucho más en cuenta los sentimientos de los niños y se está estudiando su desarrollo más a conciencia para poder ayudarles en cada etapa.

Yo he tenido la suerte de que el mundo que me apasione sea el de la infancia, pues desde 2005, cuando comencé a estudiar para ser educadora infantil, no he dejado de formarme y de investigar, y por suerte desde ese momento no he dejado de tener contacto con niños, tanto por trabajo como por mi maternidad desde 2012. Estas inquietudes me han llevado a aprender sobre muchos aspectos de los niños y me han ayudado a conocerlos un poquito mejor.

 

 

Estábamos acostumbrados a un modelo de crianza muy distinto, que venía de nuestros abuelos y bisabuelos en el que la figura principal de la casa era el hombre. Él trabajaba y mantenía a todos y por tanto los demás, tanto su mujer como sus hijos, tenían el deber de “servirle”. Las mujeres se encargaban de todo, y los niños eran niños muy poco tiempo, enseguida se encargaban de tareas como ir al campo a llevarle a su padre la comida, o comenzaban a trabajar en diversos lugares. Los niños al fin y al cabo, muchas veces eran un “instrumento” más para sacar adelante a la familia, no disponían de mucho tiempo para jugar y además solían estar bajo el mando de una figura autoritaria y debían obedecer sin rechistar a aquello que se les decía.

Esto evolucionó un poco con nuestros padres y en la actualidad lo ha hecho mucho más. Palabras como crianza en positivo o crianza con apego están a la orden del día, y lo que más me gusta de ellas es el hecho de que su premisa principal siempre es tener en consideración al niño. Cada uno es libre de poner en práctica el modo de educación que crea más conveniente para sus hijos: los hay permisivos, autoritarios, los que eligen el término medio…Yo no soy quien para juzgar a nadie, sólo puedo juzgarme a mí misma y ser consecuente con la forma de educar que he elegido para mi familia. Mi forma de educar elegida ha sido la que os comentaba anteriormente, la crianza con apego, con amor, con disciplina positiva (o por lo menos es lo que intentamos), y hay un par de afirmaciones que me ayudan mucho siempre a no desviarme de este camino:

  • Los niños son niños, son pequeños, pero son personas igual que nosotros, tienen pensamientos y sentimientos, y no por tener menor tamaño tienen menos derecho a ser tratados con dignidad y respeto.

 

  • El cerebro de una persona no termina de formarse y modelarse hasta pasados los veinte años, entonces ¿porqué pretendemos que un niño de 4 razone como un adulto de 30? Por mucho que lo queramos, su cerebro no está preparado para ello. Nacen con la parte del cerebro emocional desarrollada, pero la parte lógica se comienza a desarrollar alrededor de los dos o tres años (en ese momento en el que comienzan a aparecer preguntas del tipo “¿y porqué?”) y no termina de formarse hasta la edad adulta.

 

Con estas dos frases y reflexiones llega esa palabra mágica que tanto nos va a ayudar en la crianza de nuestros hijos (y también en nuestra vida en general, pues hay mucha gente a la que se le olvida): empatía. Ponerse en el lugar del otro, empatizar, esa es la palabra, tan simple y que tan complicada se nos hace a veces.

Los niños necesitan comprensión, y muchas veces el mero hecho de ponernos en su lugar nos va a ayudar a saber cómo actuar mejor con ellos en determinados momentos; y a la vez  van a sentirse comprendidos, cosa que les hace crecer de un modo mucho más seguro, y de esa forma consiguen además, atreverse a expresar sus sentimientos, buenos o malos sin miedo a tener represalia alguna.

 


 

Por último, antes de finalizar, voy a dejaros dos ejemplos con los que poder reflexionar:

1.Imaginar que habéis tenido un mal día en el trabajo y llegáis muy enfadados a casa, vuestra pareja os espera, ¿qué hacéis?. Lo normal es que os sentéis a hablar con él o ella y dejéis salir todo vuestro enfado y rabia. Os desahogáis, vuestra pareja os consuela y os sentís mucho mejor. Alguien os ha escuchado, alguien ha empatizado con vosotros, puede que estando de acuerdo o no, pero lo importante es que ha permanecido a vuestro lado.

En vez de eso imaginar que al llegar a casa y acercaros a contarle el enfado a vuestra pareja os encontráis con un “mira, no tengo ganas ni tiempo de tonterías, vete al salón y cuando se te pase el enfado vienes”. ¿Os sentiríais bien?¿y cómo os parece que se sienten los niños cuando actuamos así con ellos?

2. Imaginar ahora que os dan miedo las tormentas y os encontráis en medio de la calle con una enorme, vais con un amigo paseando…¿cómo os sentiríais mejor? Si ese amigo intenta calmaros, os dice que entiende vuestro miedo y os ayuda a buscar un lugar donde refugiaros y donde poder tranquilizarte hasta que la tormenta pase; o si ese amigo os dice que eso es una tontería, que no pasa nada, y “pasa” literalmente de vosotros.

 

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Es muy importante empatizar, ponerse en el lugar del otro, desde niños, y es algo que si practicamos va a ayudarnos muchísimo a la hora de educar a nuestros hijos y acompañarlos en sus dificultades. Además sin darnos cuenta estaremos haciendo que ellos también lo sean, pues al fin y al cabo somos el espejo en el que ellos se miran, siempre.

Es muy simple, sólo piensa ¿cómo me sentiría yo en este momento? y ¿cómo me gustaría que actuaran conmigo? y tendrás la respuesta para poder actuar con tu hijo.

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