Recuerdo cómo se paro mi mundo cuando te vi salir de mí, no había nada ni nadie más allí, sólo tú. Todo comenzó a girar de nuevo cuando te escuché llorar por primera vez tumbadita encima mío, miré a papá, nos sonreímos, nos besamos, y en ese momento nos convertimos en una familia. Lo que había deseado tanto tiempo por fin se hacía realidad, tú, Inés, con la que tanto habíamos soñado por fin estabas con nosotros. El 27 de noviembre a las 10 de la mañana, el día en el que mi corazón se hizo más grande, el momento en el que me sentí plena, la hora en la que me convertía en bimamá: por fin.

ines

 

Llevaba mucho tiempo con contracciones, a veces eran sueltas, otras comenzaban con dinámica, pero siempre se terminaban parando. Había tenido que ir tres veces a urgencias entre la semana 33 y la 39 y al final siempre me decían lo mismo: 1-2 cm, cuello blandito y comenzando a borrar; en cualquier momento te pondrás de parto…pero ese momento nunca llegaba. Había echado el tapón en la semana 35 pero eso tampoco había servido para nada. Yo había entrado, sobretodo desde la semana 37 en estado de embarazada desesperada, porque todos los días tenía molestias, dolores y contracciones pero ninguno terminaba de arrancar; y además cuando iba a urgencias todos esos dolores no habían servido para nada porque seguía igual.

El jueves 24 de noviembre mientras dejaba a Álvaro en el cole por la tarde decidí irme a andar mucho rato, caminaba a diario, pero esa tarde me hice 5 km. Me encontraba bien para hacerlo, además tenía ganas de moverme en condiciones, y si eso ayudaba a desencadenar el parto mucho mejor. La verdad que no sé si eso ayudó o no, pero a partir de ahí comenzó todo.

El viernes 25 nos fuimos toda la tarde de compras, me encontré bastante bien, pero eso sumado a mis kilómetros del día anterior debió de ayudar a Inés a terminar de decidirse. Esa misma noche me desperté con contracciones a las 3 de la mañana, estuve caminando por casa pero al final se pararon, así que a las 5 volvía a la cama…El sábado por la mañana seguía con molestias, no sé porqué pero algo me decía que eran diferentes a las que había sentido anteriormente. Recuerdo decirle a mi marido que me sentía rara y que notaba que el parto se acercaba, pero claro a dos días de cumplir las 40 semanas tampoco era algo extraordinario…Así seguí todo el día hasta que a las 20 de la tarde comenzaron las contracciones que ya no se pararon hasta el nacimiento de Inés. Eran fuertecillas pero soportables, y más o menos regulares, notaba dolor en la parte baja del abdomen pero no sentía que se me pusiera la tripa dura como en otras ocasiones, así que llegué a dudar si serían gases o ganas de ir al baño…con mis visitas a urgencias que no habían sido nada ya no sabía que pensar. Tuvimos cena por el cumple de mi tía, y a las 23 de la noche al ver que los dolores seguían sin pasarse pedí a mis padres que se quedaran a Álvaro en su casa a dormir pues presentía que esa noche si seguía así tendríamos que ir a urgencias. Vinimos a casa, sacamos al perro, dimos un paseo, y al ver que no remitían, aún a pesar de no estar segura de si realmente eran contracciones o sólo cólicos, nos fuimos para Zaragoza.

Allí al explorarme me dijeron que ya estaba de casi 3 centímetros (¡aleluya!) y al ponerme monitores me dijeron que sí, que eran contracciones, bastantes además, y que me quedaba ingresada: estaba de parto. Recuerdo mi cara de felicidad cuando salí al pasillo a decirle a mi marido que esta vez sí, que nos quedábamos, que Inés estaba a puntito de nacer.

Los dolores seguían pero eran soportables, yo no me quería sentar ni tumbar por si acaso se paraban las contracciones, pero al final a las 5 de la mañana mi marido me convenció de que teníamos que descansar un poco y decidí tumbarme, incluso me puse el reloj a las 7 de la mañana por si me dormía (ilusa de mí 🙂 ). Por lo visto mi cuerpo no estaba por la labor de dejarme descansar, así que fue tumbarme y comenzon unos dolores super fuertes; pensé que sería por la posición pero probé todas las posturas posibles y aquello no se pasaba. Eran muy regulares (cada 3/4 minutos) y cada vez más fuertes. Recordé a una matrona que me dijo que las contracciones de parto de verdad no me dejarían comer, andar, ni respirar, y pensé en toda la razón que tenía pues cuando me daba aquel dolor era incapaz de moverme ni de pensar en nada más.

Como sabéis había elegido intentar dar a luz sin epidural pero después de mucho rato con aquellos dolores decidí que era el momento de cambiar de opinión. Yo quería un parto consciente, quería disfrutar de él, y así no iba a poder hacerlo, además llevar toda la noche sin descansar tampoco ayudaba mucho a sentirme con fuerzas; así que después de aguantar hora y media decidí llamar a una matrona. No sé su nombre, pero la recordaré siempre como mi ángel de la guarda en el parto, era dulce y agradable, y me trató de maravilla; qué suerte dar con personas así en esos momentos… Me exploró y me dijo que ya estaba de 6 cm, le conté mi cambio de opinión, y le expliqué lo que me pasó en el parto anterior; me dijo que no me preocupara, que iba a hablar con la anestesista y me pondrían la dosis más pequeña posible para intentar que cumpliera con mi plan de parto en todo lo posible.

Tuve suerte también con la anestesista, pues era muy agradable y cumplió lo que le pedí sin dudarlo; me puso una dosis muy pequeña que me permitía mover las piernas y sentir, lo único que me aliviaba era el dolor tan fuerte de aquellas contracciones. Me la pusieron ya de 7 cm, a las 7:30 de la mañana, cuando ya faltaba poquito para conocer a mi princesa.

Todo iba genial, yo estaba tranquila sin dolor fuerte, y feliz de las profesionales que me estaban atendiendo, pero en una de las visitas de la matrona a ver como estaba comenzó mi miedo de nuevo, pues me dijo que a las 9 terminaba su turno y que no le daría tiempo de atender mi parto. Me entró el pánico, pues el cambio de turno con Álvaro fue lo que desembocó todos los problemas. Antes de irse, estando ya de 9 cm me rompió la bolsa; había pedido que no lo hicieran en el plan de parto a no ser que fuera necesario, ella me recomendó hacerlo pues con la epidural las contracciones se estaban volviendo más flojas y menos regulares y yo por supuesto le dí mi consentimiento. Me pidió opinión, me aconsejó, y yo sentí que esta vez sí se me tenía en cuenta, la otra vez era un simple pelele, un muñeco para todos ellos.

Llegó el momento de marcharse y vino la nueva matrona, una vez más tuve suerte porque era un encanto. Sobre las 9:15 sentí muchas ganas de empujar, vinieron a reconocerme y sí, había llegado el momento.

El periodo de expulsivo no tuvo nada que ver esta vez; conmigo sólo había tres personas: la ginecóloga, la matrona, y mi marido; (la otra vez tenía alrededor unas 8 personas, una de ellas subida encima mío haciéndome la maniobra de Kristeller); sentía las contracciones, sentía las ganas de empujar (la otra vez no sentía nada, para mi fue como si me hubieran arrancado a mi hijo de mis entrañas). Esta vez fui yo quien ayudó a Inés a salir, nadie más. Me iban enseñando con un espejo su cabecita, y eso me daba cada vez más ganas de empujar. Me avisaron que llegaba el último empujón y lo hice con todas mis fuerzas; ví salir a Inés de mí, enseguida la pusieron en mi pecho y la pude ver, oler, abrazar. Tardó un ratito en comenzar a llorar, que se me hizo eterno, y cuando comenzó sentí que aquello con lo que había soñado durante tanto tiempo acababa de comenzar.

Esta vez no hubo episiotomía, sólo un pequeño desgarro; esta vez pude disfrutar de mi parto, fui partícipe de él, fui yo la que ayudó a Inés a salir, pude disfrutar de un ambiente tranquilo y agradable, de un trato cordial y respetuoso, pude ver a mi niña salir de mí, pude abrazarla nada más nacer; y pude así poner fin, o mejor dicho punto y aparte a una etapa que había comenzado 29 meses atrás, en el momento en el que habíamos decidido que queríamos aumentar la familia.

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Ahora me siento feliz, y llena de amor; estoy cansada, tengo sueño, pero todo se compensa cuando veo su carita: Inés, 2660 gramos y 48 cm de amor, vuelvo a sentir ese amor incondicional, y a preguntarme cómo es posible que algo tan pequeño pueda despertar en alguien unos sentimientos tan grandes.

Gracias Inés por habernos elegido para ser tu familia, y gracias a todos los profesionales del Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa que hicieron posible que pudiera tener mi parto soñado y que Inés llegara al mundo del modo más natural, sencillo y respetuoso posible.

 

 

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